C.1.-
Antes de empezar a escribir estaba tomando un riquísimo baño
en mi jacuzzi , con burbujas y aromas de melocotón. Mientras, sonaba Mozart de
fondo e imaginaba como iniciar esta
interesante historia.
Ahora que acaba de empezar de una manera muy fina, decirte
que nada de esto es cierto. Estaba yo, tan tranquila enjabonándome mi pelirrojo
pelo rizado, cuando la batería de mi Blackberry
se acabó y con ella dejo de sonar A
Little Less Conversation del Rey. Mientras el agua corría por mi cuerpo y
con ella los restos de champú barato que
quedaban por mi pelo, me daba cuenta de la cantidad de grasa que sobraba en mi
cuerpo. ¡Oh si, que típico! dirás tu que estás leyendo esto. Una chica de
dieciocho años preocupándose por su peso, pero créanme, que en este año, lo
menos que me ha preocupado, es eso.
Continué con el jabón del cuerpo, llegue a mi tobillo derecho y me di
cuenta de que mi tatuaje había vuelto a crear costra. Inmediatamente pensé en
el coñazo que sería tener que ir de nuevo a repasármelo. Al segundo me di
cuenta de la estupidez que acababa de pensar. Me lo repasaría Fran, sería todo
un placer volver a ver a ese madurito tatuador encimismado con mi tobillo y
haciendo como siempre de mi psicólogo personal. Supongo que te preguntarás que
clase de relación tengo yo con mi tatuador como para contarle mi vida, o más
bien pensarás que clase de vida tengo yo, como para írsela contando a un
tatuador y que acabe interesándole.
Mi tatuaje. Sí, una buena forma de empezar a darle forma a
esta pintoresca historia. Eikom. Verónica en griego. ¿Qué quién es
Verónica? Ahora lo sabrás.
C.2.-
8 de Marzo del 2012.
19.00 horas.
Mi madre y yo nos dirigíamos a una farmacia cercana,
necesitábamos descartar posibilidades. Era o eso o un quiste en un ovario, y la
verdad no sé que sería mejor. Llegamos a
casa, yo intentaba mantenerme ocupada para que mi madre no me dijera de
hacérmela. Quizás se le pasaba por alto, con un poco de suerte se le olvidaba y… pero que va. Una hora exacta
después de haber entrado por la puerta ya estaba mi madre en el baño con las
instrucciones en la mano. Me baje las braguitas, unas rojitas muy monas por
cierto, y ahí estaba la compresa manchada de sangre que demostraba que mi
cuerpo era raro de cojones. Mi madre me
explicó que tenía que hacer. Lo hice. Al cabo de unos minutos… sí. Estaba
embarazada.
No sé ni como reaccioné en ese mismo momento. Mi madre con
una sonrisa nerviosa me explico lo que haríamos a continuación. Iriamos a una
clínica especializada y abortaría. Así sin más. Le dije a mi madre que me
parecía una idea estupenda. Por esos momentos yo solo era una chica de
diecisiete años que no sabía que hacer con su vida, mucho menos sabria cuidar
la de un bebe. Ahí quedo la cosa, entre cuatro paredes del baño. No le dijimos
nada a mi padre. Quedaría entre ella, yo y un test de embarazo de 12´95
euros. Me fui a la cama. No recuerdo si
pude dormir o no. Solo me di cuenta que hacía muchas noches ya no dormía sola.
9 de Marzo del 2012.
7.35 de la mañana.
Era un viernes cualquiera, excepto porque al levantarme de
la cama sentí unos nervios en la boca
del estomago. Tenía un secreto enorme que no podía contar a nadie. Llegue al
instituto como un día más, con una sonrisa en la cara. Inglés a primera hora.
Le pase un cacho de papel a mi mejor amiga en el que decía: Me gusta Aday. Sé
que estarás pensando: ¿¡Estas embarazada
y lo único que se te ocurre contarle es que te gusta un chico?! Creeme,
este chico también trae tela en la historia. Llego la hora del recreo. Sin
entender porqué Aday apareció de la nada y se sentó también en el suelo junto
con mi mejor amiga y conmigo. Por cierto, ella se llama Marta. No dijimos nada, más bien hice como si no
estuviera allí. Llámalo vergüenza, o llámalo equis. Aún hoy no entiendo porqué
carajos no le hable.
14.30 horas.
Baje la rampa del instituto con mi mejor amiga, miré hacia
el aparcamiento y allí estaba, mi madre, puntual. Algo tan poco normal en ella
como en mi. Llegué al seat, abri la puerta y me percaté de que mi abuela
también estaba allí. Me miro y me dijo que esta tarde ibamos a ir a un
ginecólogo privado. Llegamos a casa, las tres empezamos a hacer cálculos.
Decidimos dejárselo a los profesionales. A las cinco salimos de casa, teníamos
cita a las cinco y media en un ginecólogo que más que profesional parecía
ilegal. Pero no, eran ilusiones ópticas mias, tenia su titulo y también nos
cobro como todo un profesional ,120 euros de consulta. Bueno, traspasé la
puerta de madera y el recibidor me estaba esperando. Un enorme sillón beige con
unos chiquitines cojines en marrón oscuro estaba llamándome para que me
sentara. Me senté, a los cinco minutos apareció un hombre alto, gordo y calvo.
Con una barba canosa y que no dejaba de mojarse los labios con la lengua.
Polaco, alemán…quizás sueco. De por ahí tenia que ser con ese acento que casi
ni se le entendía. Empezo a hacerme una serie de preguntas. Estaba yo sentada
en medio, mi madre a mi derecha y mi abuela a la izquierda. Me preguntó primero
que cuando se me había ido mi última regla. Me reí en su cara. Yo AÚN tenía la
bendita regla. No se me había ido, ese era el gran problema. Un par de minutos
después me mandaron a un baño minúsculo a quitarme la ropa interior y a ponerme
una bata gris, feísima. Entre a otra habitación en la que había una camilla, me
pusieron las piernas en dos apoyaderos que las mantenían en alto. Lo primero
que hicieron fue una ecografía vaginal. Sí, me metieron un enorme aparato por
todo el chichi. Lo primero que ese hombre dijo fue: “Bufff pero esto es
grandito, ¿eh?” No me pregunten que se
veía en esa ecografía, ni en la que hicieron a continuación. Yo solo podía
llorar y oir las cosas que estaban diciendo el ginecólogo, mi madre y mi
abuela. En resumen, salí de allí sabiendo que tenia 29 semanas de embarazo, que
sería un niño y que con un poco de
suerte algún matasano me practicaría un aborto con tantos meses de embarazo.
Te preguntarás como nunca me di cuenta. ¿Y la barriga? ¿Y mi
querida menstruación? ¿Y todos esos cambios que tu cuerpo experimenta cuando te
quedas embarazada? ¡PURAS PATRAÑAS! ¡Mentira todo! Aún hoy no sé porqué yo
seguía con la regla y porque mi barriga comenzó a crecer de manera descomunal
justo cuando me enteré.
20.00 horas.
Llendo de camino a casa en el coche yo no paraba de leer la
cantidad de papeles que me habían entregado en aquel extraño ginecólogo. Que sí
nada de deporte, que sí nada de zapatos planos ni de altos tacones, que si nada
de roja ajustada, solo ropa comoda. Una dieta equilibrada y las cientos de
pastillas diarias que no me había tomado en cinco meses anteriores. También cómo
no, veía las fotografías de ese pequeñin que estaba en mi barriga. Sí, una vez
te das cuenta de lo hermoso que es, ya no puedes pensar de otra forma. A la
entrada de mi casa, aun en el coche, mi abuela, mi madre y yo planeábamos el
cómo contárselo a mi padre.
El plan era: mi abuela y yo huiríamos al cuarto del ordenador,
mientras, mi madre le contaria la historia a mi padre. Después yo, con dos
ovarios y un chiquillo en mi barriga saldría a hablar con el. La primera parte
del plan fue estupendamente. Oí a mi padre chillar cientos de insultos, una
cantidad descomunal de enfermedades de transmisión sexual y como no, oí también lo decepcionado que estaba
de que su hija no hubiera utilizado condón.
Una rápida conexión al tuenti me basto para darme cuenta de que tenia
dos mensajes privados de Aday, dos simples comentarios que me hicieron sentir
un vacio enorme. Me decía que qué tal iba mi dia, que qué pensaba hacer ese fin
de semana y cosas por el estilo. Le dije
claramente que no me apetecía hablar, que lo más probable era que por problemas
económicos tuviera que irme a vivir a Lanzarote. No sé por qué, pero la pena que sentí de no
poder contárselo y la vez la inmensas ganas de huir y no contárselo a nadie, se
apoderaron de mí. Al cabo de cinco minutos mi madre con una voz cansada me
llamo para que fuera al salón. Salí. Me puse encima de las piernas de mi padre,
me dijo nervioso que saldríamos de esta, que fueran como fueran las cosas podríamos
salir adelante. En ese mismo momento en
la tele salió un anuncio de pañales, comenzamos a reír y a llorar a la vez. Fue
ahí, en ese mismo momento cuando mi padre lo hizo. Toco mi barriga por primera
vez.

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