Y entonces te das cuenta, lo piensas una y otra vez y aunque te parece absurdo sabes que es así, sabes que eso que no querías que pasara esta pasando.
Sabes que es real, por mucho que intentes buscarle otro sentido, no lo tiene… intentas no pensar en ello, esquivar todo tipo de autorreflexiones que te lleven a asumirlo, pero al final, después de un largo camino de autoengaños, caes y tropiezas con la puñetera verdad, esa que ha estado ahí, enfrente todo el rato, esa pequeña piedra en el camino, ese pequeño fallo que intentabas esquivar desde el primer contacto, desde el primer hola.... desde el primer abrazo.
Sabes la respuesta a la pregunta, la sabes, estas totalmente seguro de que eso es lo que pasa, de que por mucho que te fastidie admitirlo, por muchas vueltas que le des al asunto, sabes que eso es lo te hace sonreír cada mañana, sabes que exactamente es eso por lo que le das tantas vueltas al tema, quizás sea el miedo lo que te hace intentar girar en sentido contrario, el miedo a asumir la verdad, el miedo a pensar solo en ese sábado, el temor a saberte los nueve números de su teléfono móvil, a pensar como una estúpida en esa puñetera e inolvidable sonrisa, el temor a admitir la situación.
Que va… lo sabes, el tintineo suave de las gotas contra el techo no ayuda a concentrarse, no ayuda a pensar en otra cosa, no conviene oír de fondo la lluvia sobre la que una vez estuvisteis juntos…Putos recuerdos, puñeteros momentos que están ahí y que no se borran cuando quieres…
Y por fin, sumido en una canción lo asumes, te das cuenta que eso que has intentado evitar ha llegado por fin, llega la hora de admitir, de soltar por la boca aquello que antes estaba encerrado en tu corazón y que no querías dejar ir, llega el momento de que por fin digas la única realidad…que le quieres.