martes, 18 de enero de 2011

Cartas que se pierden en el mar.


Querido Adam:

El viento no ha soplado en dirección oeste desde la última vez que cruzamos miradas.

Recuerdo que el mar era nuestra guía, que el Puerto nuestro sitio y que aquellas noches de domingo eran nuestra fuga.

Hace tanto que no oigo el susurro de tus te quiero en mi oído, que no siento el tacto de tu mano rozando mi piel, simplemente hace tanto que no te siento cerca. Intento buscarte querido amigo, pero ahora ya ni te encuentro, ahora ni en fotos me acompañas, tan solo en la letra de alguna canción, quizás en el vago recuerdo de un beso perdido en alguna esquina del puerto.

No se que será de ti, no se si el amor habrá tocado tu puerta, no se si quiera si tu mirada será mas frágil o mas dura que antes… tu mirada, tu fría pero atenuante mirada, esos ojos penetrantes como el mismo mar que navegábamos, aquel que nos hacia escapar del mundo, de todo y a la vez de nada. Puede que ya no me pienses, puede que con cada noche de estrellas no te venga yo al recuerdo, quizás ya ni siquiera pienses en cuando fue la primera vez que nos conocimos…

Que rápido pasa el tiempo.

Era un 19 de septiembre de 1964, casi cuatro años y medio han ya pasado desde entonces. El Sol hacia brillar las olas que estruendosamente chocaban contra el muelle, las nubes en el cielo brillaban por su ausencia. Los niños jugaban y reían disfrutando de los últimos rayos de la luz de la tarde. Yo paseaba por el Puerto observando así, las nuevas obras de arte que habían instalado los inquilinos ricachones recién llegados desde Alemania. Entonces apareciste. En la proa de La Perla. Con unos vaqueros raidos y una camiseta blanca. Tenías los pies descalzos. El pelo corto y negro. Y unos ojos que parecían el reflejo del cielo. Fui incapaz de decir nada, no abrí la boca ni para decir hola, me dedique a observarte, y a recordarte para nunca olvidarte.

Aun no entiendo como hizo la vida para juntarnos, simplemente nos unía un intercambio de miradas en un barco, nos unía un domingo en el que nos habíamos cruzado. Quizás para algunos una mirada no sea mucho pero para mi, Anne Hugh lo fue todo.

No se muy bien como paso, pero un día llegaste a mi puerta y tocaste el timbre con desdén Pensé que querías encontrar a alguien, venderme algo, o simplemente hablar con un familiar mío, pero no, me equivoque. Me buscabas a mí. Viniste a entregarme la tobillera de plata que llevaba en el puerto aquel día que nos conocimos, si, la perdí, no se como fue, y como no tuve el valor para volver y recuperarla. Quizás tenía la falsa esperanza de que algún día vinieras a entregármela, o simplemente al encontrarla en el puerto supieras al fin como me llamo. Y, así fue, como llegaste por segunda vez a mi vida, como tus ojos se clavaron de nuevo en mi pupila, y como tus dulces palabras me invitaron a un helado de limón en esa, nuestra segunda tarde.

No me había dado cuenta, quizás hasta ahora, de que fue justo una semana después, cuando me prende de tus palabras, quedábamos día y noche, hablábamos a todas horas, el puerto se había convertido en nuestro sitio. Nos sentábamos allí a la luz de la luna y veíamos como la marea chocaba contra los barcos, y como el reflejo de la luna se postraba en el mar.

El resto de la historia ya la sabes, te la he contado mil y una veces en las cartas que te he mandado. Te he repetido tantas veces que un 26 de Septiembre nos besamos por primera vez. Que esos 9 meses fueron los mejores de mi vida, y aun ahora lo pienso. Te lo he dicho tanto que espero que nunca lo olvides.

No entiendo, porque me dejaste a la deriva y te marchaste. No entiendo aun como fuiste capaz de tirar todo por la borda. De no llevarme contigo en tu ultima travesía.

Quizás me amabas demasiado como para dejar que perdiera mi vida en un barco, como para dejar que derrochara mis últimos años contigo. Pero aquí estoy, he durado dos años mas de los que pensaban que duraría. Dos años que podía haberlos pasado contigo, en los que podíamos haber vivido disfrutando de los mares.

Pero ahora es tarde, no podemos viajar atrás en el tiempo, no podemos cambiar el destino. Ahora ya queda poco para que mi vida acabe, estoy postrada en la cama del hospital, llevo un mes ingresada, dicen que es cuestión de horas, quizás de minutos. Por eso aprovecho para escribirte mi ultima carta, para expresarte todo el amor que aun te tengo y para decirte que aun hoy tengo el recuerdo fugaz de la canción de las olas, de las tardes que pasábamos en La Perla, esas en las que nos queríamos y soñábamos con un mundo sin muerte para no dejar de amarnos nunca. Ya ha llegado la hora de que me despida para siempre, quizás un simple y vago hasta luego no sirva de mucho pero, es lo ultimo que pienso escribirte en este párrafo. Antes he de decirte que te esperare eternamente vagando por el lugar de siempre a la hora de siempre, espero reencontrarme contigo y así en alguna otra vida surcar aquello que nunca surcamos, la vida eterna, juntos. Hasta luego.

Te amo. Siempre tuya, a pesar de las tormentas que vayan a hundir el barco.

Anne Hugh.

1 comentario:

  1. IMPRESIONANTE*__*!
    Nunca habia leido algo tan real, y doloroso a la vez. No olvidare esto facilmente.

    Sencillamente,esta genial.

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